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Por Juan Carlos Rodríguez

Uno se acuerda, inevitablemente, de León Najnudel, de Finguer, de Chicho Porta… de todos aquellos locos corajudos que soñaron y concretaron la Liga Nacional, el embrión de los triunfos que vinieron luego.

Uno es llevado por los recuerdos y la nostalgia a aquellas primeras épocas de Liga, cuando para ver un partido de NBA había que esperar que nos manden un video, que por lo general era visto mientras comíamos un asado, 3 o 4 meses después de jugado el partido. Yo vendía la revista Encestando que me llegaba desde Bahía Blanca todos los meses…. Ahí nos poníamos al tanto de las novedades, cuando las redes sociales ni figuraban en el ideario.

Y recuerdo aquellas clínicas que hacíamos, con Flor Meléndez, Ranko Zeravika y otros cráneos de la época. Cuando descubrimos las planillas técnicas (aprendí a usarlas en Junin y cuando vine a Venado Tuerto, se convirtieron en novedad). Ahí saltaban a la luz los errores y las virtudes, se transformaban en estadística las sensaciones que uno iba acumulando sobre los jugadores, los propios y los ajenos. Y comenzamos a familiarizarnos con términos como match up, flex o puerta de atrás… Después vino la aplicación de esos conceptos por parte de los técnicos argentinos, el surgimiento de jugadores estelares, el crecimiento de jóvenes DT como Julio Lamas, el Che García, la Oveja Hernández, Daniel Rodríguez, Huevo Sánchez… hubo que “fumarse” a Vecchio, en mi caso particular superar la falta de empatía con Hernández (si bien reconozco que sabe, tengo más feeling con Julio), y comenzaron a saborearse los triunfos, que arrancaron con la obtención de la William Jones (1978, en Obras, la noche previa a la final del mundial de fútbol), hasta llegar a la ilustre Generación Dorada. Muchos triunfos, demasiada gloria, hasta llegar a este presente, que si bien no es más que la clasificación a los Juegos Olímpicos, es una victoria de resonancia.

Me hubiese gustado que esté Walter Herrmann, para que la felicidad sea completa. En todo eso pensaba anoche, todos esos recuerdos me aparecieron, mientras Scola se abrazaba con el Chapu y yo trataba de esconder esa lágrima que, traicionera, se me deslizaba por la mejilla izquierda, que me salió un poco más sensible que la derecha.